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En memoria de la primera física mexicana

Evelyn C. Ayala
28/jun/2018

Este año, Alejandra Jaidar, la primera física mexicana habría cumplido 80 años, igual que el Instituto de Física al que tanto quiso. Por eso, el IF honra su vida y el trabajo que dedicó para fortalecer la institución y el campo de la física nuclear en México.

Era fácil identificar a Alejandra Jáidar hasta en la multitud más espesa. Su silueta alta, su peinado prominente, sus ojos dominantes, su grande nariz, sus orejas que frecuentemente cargaban pesados pendientes, sus labios que siempre estuvieron dispuestos a reír. Era, como dice su amigo Jorge Flores, “una mezcla interesante de culturas”.

Sí, la cultura mexicana y la libanesa eran parte de ella. Sus abuelos paternos eran libaneses, ella bailarina y él seminarista; se casaron y viajaron en barco a México junto a sus hijos, Julián y José, el padre de Alejandra. Llegaron a Tabasco, Villahermosa, y después a Xalapa, Veracruz, donde José Jáidar conoció a Guadalupe Matalobos, quien era originaria del lugar. En 1938 nació Alejandra y posteriormente sus tres hermanos: Julieta, Isabel y Pedro. Con sus hermanos nació la naturaleza maternal que la llevó a protegerlos como si fueran sus hijos.

De la familia nuclear a la física nuclear

Tiempo después, Alejandra junto con sus padres y hermanos se mudaron a Tehuacán, Puebla, para finalmente instalarse en la Ciudad de México. Entonces la inscribieron en la Universidad Femenina de México junto con Julieta e Isabel, donde cursaron la secundaria y la preparatoria y donde conocieron a María Esther Ortiz Salazar, hoy investigadora del Instituto de Física.

"¡Ay, qué tiempos!", dice María Esther. “Chabe estaba en primer año, Julieta en segundo, yo en tercero, y Alejandra en cuarto”. Durante ese periodo Alejandra conoció a la maestra Padilla quien la alentó a estudiar una carrera científica. Así que tras terminar la preparatoria, se inscribió en la Facultad de Ciencias de la UNAM, en la carrera de física. Un año más tarde, supo que María Esther también había elegido esa carrera.

Su padre no estaba de acuerdo con su decisión de estudiar una licenciatura. Pero Alejandra fue tan determinante como el día en que defendió a su hermana, Isabel, ante su él para que pudiera estudiar psicología. Desde entonces, Isabel le estuvo eternamente agradecida.

A su padre, don José, no le quedó más remedio que resignarse y ver a sus hijos como estudiantes y luego como profesionales: a Isabel como psicóloga, a Julieta como escritora y bailarina, a Pedro como médico y a Alejandra como física.

Era 1959. Estaba a punto de culminar la licenciatura cuando el ingeniero Marcos Mazari la invitó a realizar la tesis en los laboratorios de las nuevas instalaciones del Instituto de Física. Meses después María Esther llegó al mismo grupo de trabajo y juntas solicitaron la asignación de fecha para presentar el examen profesional. Alejandra Jáidar se convirtió en la primera física de México el 21 de noviembre de 1961.



Foto: Archivo IFUNAM.

El acelerador de su vida

Ya como física fue investigadora del departamento de colisiones del IF y jefa de los laboratorios de la Facultad de Ciencias. Con Marcos Mazari y María Esther, se reunían para planear los próximos experimentos para los alumnos.

Uno de sus estudiantes en el curso de mecánica clásica era Eduardo Andrade, quien años más tarde se convertiría en su colega dentro del IF y en su aliado para hacer realidad uno de sus más grandes sueños: traer al IF un nuevo acelerador de partículas.

En 1965, la Universidad de Rise, en Houston, Texas, ofreció a la UNAM un acelerador como donación. El regalo de grandes dimensiones (70 toneladas para ser exactos) sustituyó al acelerador Dinamytron que operaba desde 1953 en la UNAM, y que había sufrido daños irreparables en 1971.

Con la donación, el IF absorbió los gastos para desarmarlo, trasladarlo desde Estados Unidos hasta México y crear el edificio que lo albergaría. Gracias a la gestión de Alejandra con Manuel Ortega, entonces director general de Conacyt, consiguió recursos económicos para la construcción del inmueble conocido hoy como Acelerador Van de Graaff de 5.5 megavoltios.

Un lugar para los libros

Para 1976, el rector Guillermo Soberón otorgó recursos para crear el circuito de la investigación científica (actuales instalaciones del IF) y en la planeación de este proyecto estuvo considerado un edificio para una biblioteca común de todos los institutos, lo que no convenía a la comodidad de muchos investigadores.

Pero como “los libros pesaban muchísimo y ponían en riesgo la estabilidad de la edificación”, recuerda Flores, Alejandra Jáidar se empeñó en construir una biblioteca y un auditorio más grande que la Sala de Eméritos. Aprovechó la comida de agradecimiento a Gilberto Borja, presidente del Ingenieros Civiles Asociados (ICA) por haber contribuido con la grúa que ayudó a armar el acelerador, para convencerlo de invertir recursos para la construcción de lo que hoy es la Biblioteca Juan B. Oryazábal, la más importante en temas de física del país.

Además de la biblioteca, se construyó un auditorio que se ha convertido en sede de centenas de eventos científicos, culturales y sociales. Fue inaugurado en julio de 1990 y lleva su nombre… Alejandra Jáidar.



Foto: Archivo IFUNAM.

La diversidad de su inteligencia

Alejandra fundó la colección de libros del Fondo de Cultura Económica inicialmente llamada “La ciencia desde México” y hoy conocida como “La ciencia para todos”, una de las más sobresalientes del mundo. Decía que era muy importante acercar a los niños a la ciencia con un lenguaje alejado de las ecuaciones y de los términos científicos, y empezaste con tus hijos y sobrinos.

Organizó decenas de charlas de divulgación de la ciencia en el Bosque de Tlalpan. Leonardo, tu sobrino, recuerda una en especial: era de noche y la investigadora Julieta Fierro platicaba sobre gravitación, mientras él hacía una exploración cósmica a través de telescopios. Ahora él imparte clases de Física y es investigador de la Facultad de Ciencias de la UNAM.

Alejandra era capaz de entablar conversaciones con cualquier persona sin importar su edad u ocupación. Para Leonardo, su mayor virtud era “la diversidad de su inteligencia”, porque cantaba ópera, tocaba el piano, cocinaba y hacía ciencia.

“Me cuesta trabajo tomar un buen vino tinto y escuchar ópera sin que eso me lleve a estar en compañía de Alejandra otra vez. Su puré de castañas era inigualable, preparaba unos riñones al coñac deliciosos y ahora, cuando los como, siento la profunda necesidad de escuchar Wagner, porque acompañaba todas esas comidas con un poco de música, con un poco de cultura... era un revoltijo casi renacentista”, dice Leonardo.

Su casa de San Jerónimo fue punto de reunión tanto de la comunidad científica como de tu familia. Había una biblioteca vestida de piso a techo con libros de todo tipo, un piano que acariciaba de vez en cuando, el comedor donde paseó la comunidad científica, la sala que resguardaba pertenencias de sus padres y cuadros, regalos de artistas como Paco Zúñiga, y un jardín donde jugaba con los perros.

Su recámara guarda su conversación más conmovedora. Era la tarde del 28 de julio de 1988; para entonces el cáncer, que la sorprendió como un dolor de estómago, estaba avanzado y la forzó a quedarse en cama, acompañada de Leonardo de trece años y Julieta, que la cuidaban. El teléfono sonó, del otro lado de la línea Eduardo Andrade le daba paz a su inquietud al decirle que había ocurrido la primera prueba exitosa del acelerador Van de Graaff. Su sueño al fin rendía fruto.

Dos meses después, Alejandra falleció. Cerca de dos mil personas asistieron a su funeral el 23 de septiembre de 1988 para despedirse de la mujer decidida y solidaria que se enternecía con la curiosidad de los niños que visitaban el IF, que proponía métodos de enseñanza de la ciencia en las escuelas primarias, la mujer que regaló tiempo y dedicación a todos y quien contribuyó de manera extraordinaria para que el Instituto de Física sea lo que es hoy, a sus 80 años.



Foto: Archivo IFUNAM.